Hace unas semanas se estrenó en España la última película de Woody Allen, Match Point, su primera producción inglesa.
La historia parecía simple: chico pobre conoce chica rica, chico se casa con chica, el chico pobre deja de serlo, aparece chica mala y ya tenemos conflicto. Nos lo han contado mil veces, nos lo sabemos de memoria, pero no es casual que ya en los primeros minutos del film la cámara enfoque el título de la lectura del protagonista, como tampoco es casual que se trate de Crimen y castigo, de Dostoievski. Woody Allen nos preavisa: el tema va a ser otro. Estamos en tensión no sólo en la parte final sino durante todo el metraje, y eso lo consigue con el simple hecho de habernos anticipado, nada más empezar, que se va a cometer un crimen. Tenemos cuasi la certeza de que quien lo perpetre va a ser el propio lector, pero no podemos imaginar que la palabra crimen tendrá aquí todo su significado. Pensamos en un crimen (únicamente) moral: una infidelidad, la renuncia a los ideales de juventud y a uno mismo, la ambición desmesurada. Pensamos en un crimen sin castigo, crímenes que todos cometemos y por los que creemos nunca seremos castigados. La ley no puede penetrar ciertas fronteras, aunque sabemos que el auténtico castigo se lo impone uno mismo. Pero en este caso –como en el de Raskolnikov en Crimen y castigo–, el crimen se ejecuta, en todas sus variables y acepciones posibles. Así pues, tememos el doble castigo (¿conseguirá la policía descubrir a Chris?, ¿podrá mantener él la frialdad con la que mata a Nola y a su hijo nonato –sin olvidarnos de la vecina, alter ego ficcional de la vieja de la novela de Dostoievski– o la culpa lo conducirá hacia una inevitable locura?), y es que eso es lo que nos sugiere la imagen del anillo cayendo al suelo.
A veces se gana y a veces se pierde. Y de nada sirve tener talento si no se tiene suerte.
Lo damos por perdido, el crimen de Chris va a ser descubierto pese a haber tramado un plan cuasi perfecto. El talento no puede competir con la suerte. La pelota no ha pasado al otro lado de la red, y ese punto era decisivo para poder ganar el partido.
A partir de ese momento, el ritmo ya no decae hasta llegar al final. Nada ocurre como lo habíamos imaginado, y Chris es (aparentemente) eximido de su castigo. Pero está bien claro: Woody Allen nos está diciendo a gritos que ya ha perdido.
El buen chico pobre es ahora un mal chico rico: su ambición le ha permitido alcanzar la cumbre más alta, formar parte de la élite de la sociedad, pero también le ha destruido.
Se ha librado del castigo de la ley y se ha llevado la peor de las torturas, la culpa, la carga de conciencia.
Chris se ha dado cuenta de que pertenece al grupo de hombres ordinarios (según la teoría que desarrolla Dostoievsky en Crimen y castigo), pues aunque ha podido trascender la ley, ha sido finalmente castigado. Este sea, quizás, el golpe más duro que recibe el personaje. Raskolnikov/Chris piensa que los hombres se dividen en dos tipos: los ordinarios y los extraordinarios. Los segundos son conscientes de su condición, pero a veces los primeros creen pertenecer al otro grupo. Los extraordinarios son superiores a los demás, por lo que pueden sobreponerse a la ley moral establecida por el hombre, pueden romper las reglas siempre que sea por una causa mayor, un bien común. En este caso, el fin justifica los medios. Los extraordinarios se convierten en dioses (y, curiosamente, el protagonista se llama Chris) que tienen el poder de delimitar la frontera entre el Bien y el Mal, en ejecutores de los castigos que creen justos (o necesarios).
Hay una sola forma de asegurarse de que uno pertenece al grupo de los privilegiados. Los hombres extraordinarios nunca son castigados después de cometer un crimen, por lo que no es hasta que Chris obtiene su castigo que no toma plena consciencia de su propia condición. Él anhelaba ser alguien, estaba seguro de pertenecer a esa clase superior, lo ha sacrificado todo por una causa suprema que ahora resulta equivocada (incluso llega al extremo de sacrificar a su propio hijo, al igual que hace Abraham en la Biblia, salvando las distancias). Ya no es nada ni nadie, ni siquiera le queda dignidad.
Lo que es una clara involución, una total decadencia, se ve desde fuera (la clase alta británica, donde las apariencias sí importan) como una evolución: empresario exitoso, buen marido, futuro padre. Quizás Woody Allen nos esté diciendo con esto que nada es lo que parece, que la idea que nuestra sociedad tiene del triunfo dista mucho del triunfo verdadero.