27 noviembre, 2008

Donde las mujeres

Aquest, sí.

El diario de mi madre


A pesar de que me sentía tratado de manera injusta y como un incomprendido total, seguí pasando las páginas. En el margen superior derecho de una de ellas, sobre una fecha de julio de 1977, rezaba sin ningún preámbulo la siguiente frase: «Michael, muerto hace diez años, ayúdame con David». David era mi hermano mayor. Había enloquecido y lo habían encontrado por la ciudad. Más tarde lo trajeron a casa. Se había dado a la bebida. Años atrás había llegado a ser un deportista brillante. Ahora todos creían que viviría en la casa familiar y que trataría de recuperarse durante toda su vida con ayuda de pastillas. En efecto, eso era lo que estaba haciendo, pero además se bebía una gran cantidad de botellas de Guinness y mares de whisky en los antros de la ciudad. Nadie sabía qué hacer respecto de su problema con el alcohol. Michael era mi padre. Había muerto en 1967. Nunca más volví a ver el diario sobre la mesilla de noche, pero aquella frase de mi madre dirigida a mi padre me pesaba demasiado: era demasiado íntima, privada, sincera. Pensé que no debía leerlo nunca más. Siempre es un error leer un diario ajeno.


Colm Toibin

12 noviembre, 2008

Carta sin despedida

A veces,
mi egoísmo me llena
de maldad,
y te odio casi
hasta hacerme daño
a mí mismo:
son los celos, la envidia,
el asco
al hombre, mi semejante
aborrecible, como yo
corrompido y sin remedio,
mi querido
hermano y parigual en la desgracia.

A veces -o mejor dicho:
casi nunca-,
te odio tanto que te veo distinta.
Ni en corazón ni en alma te pareces
a la que amaba sólo hace un instante,
y hasta tu cuerpo cambia
y es más bello
-quizá por imposible y por lejano.

Pero el odio también me modifica
a mí mismo,
y cuando quiero darme cuenta
soy otro
que no odia, que ama
a esa desconocida cuyo nombre es el tuyo,
que lleva tu apellido,
y tiene,
igual que tú,
el cabello largo.
Cuando sonríes, yo te reconozco,
identifico tu perfil primero,
y vuelvo a verte,
al fin,
tal como eras, como sigues
siendo,
como serás ya siempre, mientras te ame.



Á. González

10 noviembre, 2008

Manos manchadas de sangre

Cuerpos ausentes, almas podridas
La mía, que ya no existe
La tuya, que está cansada.
Manos manchadas de sangre.

Al borde de un ayer circular,
roído
(Por mis penas,
por tus años,
por mis miedos,
por tus olvidos.)

Manos atadas con cadenas.

Oigo a aquel que me llama
Pero no soy capaz de ver nada
Vida, eres tú quien me ha cegado
Tú, que no has sabido amarme.

Palpando paredes,
Arañando el silencio
Perdiendo el aliento
Llorando de espaldas.

Amor, hoy empiezo a ser nadie.

Nuestras manos manchadas de sangre.
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