31 enero, 2008

Pola (cualquiera serviría)

En su canadiense, en la piel del cuello, usted ha visto que Horacio tiene una piel en el cuello de la canadiense. Y Pola estaba ahí cuando él entraba, y en su manera de mirar, y cuando Horacio se desnudaba ahí, en ese rincón, y se bañaba parado en esa cubeta, ¿la ve Ossip?, Entonces de su piel iba saliendo Pola, yo la veía como un ectoplasma y me aguantaba las ganas de llorar pensando que en casa de Pola yo no estaría así, nunca Pola me sospecharía en el pelo o en los ojos o en el vello de Horacio. No sé por qué, al fin y al cabo nos hemos querido bien. No sé por qué. Porque no sé pensar y él me desprecia, por esas cosas.


"Rayuela", Julio Cortázar.

26 enero, 2008

Otras veces

Quisiera estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.

Me gustaría mucho conocer
el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,
comprobar si el pasado
impregna los tejidos del mismo zumo acre,
si todos los recuerdos en todas las memorias
desprenden este olor
a fruta madura mustia y a jazmín podrido.

Desearía mirarme
con las pupilas duras de aquel que más me odia,
para que así el desprecio
destruya los despojos
de todo lo que nunca enterrará el olvido.



Ángel González (más)

25 enero, 2008

Opiniones de un payaso

Entré en el cuarto de baño, vertí en la bañera parte de las sales de baño que Minika Silvs me había dejado y abrí el grifo del agua caliente. Bañarse es casi tan bueno como dormir, y dormir es casi tan bueno como hacer "la cosa". Marie la llamó así, y pienso en la cosa siempre en sus términos. No podía concebir que ella hiciese "la cosa" con Züpfner, mi fantasía no tiene compartimentos para tales ideas, del mismo modo que nunca estuve seriamente tentado de revolver en la ropa interior de Marie. Sólo llegaba a imaginarme que ella jugaría a la oca con Züpfner,y me enfurecía. Nada de lo que yo había hecho con ella lo podía ella hacer con él sin parecerme traidora o prostituta. Ni siquiera le podía extender mantequilla sobre el pan. Si imagino que ella toma del cenicero el cigarro de él y lo termina de fumar, casi me vuelvo loco, y no supone ningún alivio saber que él no fuma y que es probable que juegue al ajedrez. Algo debía ella hacer con él, y debía hablarle del tiempo y de dinero. En realidad lo único que ella podía hacer para él sin pensar continuamente en mí era cocinar, pues esto me lo hizo tan raras veces, que no sería necesariamente infidelidad y fornicación. Me hubiese gustado mucho llamar enseguida a Sommerwild, pero era aún demasiado pronto, ya que me había propuesto despertarle de su sueño allá por las dos y media de la madrugada, y conversar con él largo y tendido sobre arte. Las ocho de la noche era una hora demasiado decente para telefonearle y preguntarle cuántos principios de orden le había hecho tragar a Marie, y qué comisión había recibido él de Züpfner: ¿una cruz abacial del siglo trece, o una madona centrorrenana del catorce? También reflexioné cómo le asesinaría. A los estetas lo mejor es romperles en la cabeza un valioso objeto de arte, con lo cual sufren, aún al morir, por el crimen artístico. Una madona no sería lo bastante valiosa y es demasiado sólida, y moriría con el consuelo de que la madona se había salvado; y una pintura no es lo bastante pesada, si se exceptúa el marco, y le quedaría también el consuelo de que el cuadro se conservaba. Podría yo raspar la pintura de un cuadro valioso y estrangularle o asfixiarle a él con la tela: ningún crimen perfecto, pero un perfecto crimen estético.


Heinrich Böll

23 enero, 2008

Perorata del apestado

Miré a Marta. Yacía con la sábana sobre los ojos: ajena o ausente. Y entonces volví a tenderme a su lado, me adormecí, en el duermevela sentí que se incorporó un momento para toser; luego se inclinó sobre mí con un asma materna, como si quisiera decirme algo y no se atreviera, mientras era claro que no tenía otra opción, era la última carta que le quedaba.
Soporté en la frente ese aliento como un tibio, rápido saqueo que, aunque me sobresaltó un poco, no fue suficiente para sacarme del fondo del abismo donde me miraba fijamente un viejo en primer plano; un serpentario de arrugas entre los dos bordes de la solapa; y me hacía señas de que me fuera, se agachaba para recoger con mano indolente una piedra a sus pies. “¿Quién eres, qué quieres?” le pregunté mentalmente, mientras que, sin esperar a que me contestara, volví a abrir los ojos, recuperaba mi nombre, mi peso, mi tiempo, mi volumen de aire en el cuarto. Pero la música pronunciaba sus últimos acordes, por lo tanto no había pasado más de un minuto.
Ahora ella se había puesto de nuevo bocarriba y miraba con insistencia a un punto al pie de sus sábanas donde en un roto de la tela se veía puerilmente su dedo gordo como de cera, única desnudez visible, además de la cara y el cuello y los brazos abiertos en cruz.
–Besémonos en la boca sin miedo –dijo enseguida–. Podemos hacerlo.
Pero yo apenas me apreté más contra ella, insinué una mano sobre su piel, busqué la lana de la ingle, las tímidas prominencias del regazo y del seno, como buscando el camino para hacer salir de su madriguera la almendra del mal que allí se escondía.
–Hacía mucho tiempo que no me tocaba un hombre. Sólo recuerdo la oreja fría sobre mis costillas, la mañana que llegué a la Rocca.
¿Decía la verdad? ¿Se había mantenido apartada de los hombres durante todos estos meses, ella que, en verdad, se había entregado a mí apáticamente? Dudé en creerle, pero no me detuve mucho a pensarlo, ahora que parecía decidida a hablar y me sentía tan dispuesto a escucharla.
Me encontraba en ese estado de lasitud y confianza en los sentidos que sucede al abrazo amoroso, cuando se desea seguir en una barca el lento flujo de un río, sintiendo cómo se debilitan poco a poco bajo la camisa las intemperancias del corazón. Y me gustaba dejarme cautivar por la lisonja de su voz, no obstante el lugar me pareciera penoso, tan lleno como estaba de extrañas presencias, de tocadores de madera ordinaria, muy añejos, de espejos con imágenes rufianas, de sillas de esparto trenzado, donde nuestros vestidos amontonados se agitaban al viento de un ventilador, como si quisieran simular la silueta de un espantapájaros, aspaventando en medio del campo.
–Por ello –dijo Marta– he salido contigo esta tarde. Tras tantas caricias de viejo, quería abandonar el mundo con el recuerdo de una caricia de joven sobre mí.
Pobre de mí, no se cuidaba mucho de no contradecirse. Pero yo, como hacía poco había dudado para mis adentros de su declaración de antigua abstinencia, tampoco ahora me sorprendió oírla admitir, aunque en forma enigmática, lo que ya había supuesto desde el inicio: que había estado con el Magro, por debilidad o especulación, en aquel camastro del pabellón o en otro lugar... Y bien, no me importaba. Ya nada me importaba de la Rocca, ni de mis penosos compañeros, todos con la cabeza en el cepo, a la espera, o dedicados, con cuchillas y ligas, a intentar rudimentarios suicidios en las letrinas. Ni de él, de aquel tuerto e iracundo Geronte, un anti Papa con tiara de ceniza, anidado en el vientre de la Rocca, como sus cultivos de gérmenes en compotas de gelatina. Más bien, la idea de haberlo quizás traicionado me produjo un sobresalto de satisfacción, mientras pasaba despacio la mano por el pelo tan corto de Marta. "



Gesualdo Bufalino

22 enero, 2008

El camino no tomado

Dos caminos divergieron en un bosque amarillo,
Y afligido porque no podría caminar ambos
Siendo un solo viajero, estuve largo tiempo de pie
Mirando uno de ellos tan lejos como pude,
Hasta donde se perdía en la maleza.

Entonces tomé el otro, imparcialmente,
Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
Pues era tupido y agradable de caminar;
Aunque en cuanto a lo que vi allí
Hubiera elegido cualquiera de los dos.

Y ambos esa mañana yacían igualmente,
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
Aun sabiendo la inexorable manera en que las cosas siguen adelante,
Dudé si debí haber regresado sobre mis pasos.

Debo estar diciendo esto con un suspiro
Que en alguna parte envejece y hace envejecer,
Dos caminos divergieron en un bosque y yo,
Yo tomé el menos caminado,
Y eso ha representado toda la diferencia.



Robert Frost

19 enero, 2008

Esto no es nada

Si tuviésemos la fuerza suficiente
para apretar como es debido un trozo de madera,
sólo nos quedaría entre las manos
un poco de tierra.
Y si tuviésemos más fuerza todavía
para presionar con toda la dureza
esa tierra, sólo nos quedaría
entre las manos un poco de agua.
Y si fuese posible aún
oprimir el agua,
ya no nos quedaría entre las manos
nada.



Ángel González
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